miércoles, 2 de abril de 2025

Vivo y muerto



Andrea se hallaba de pie en la cocina contemplando a Rudolf devorar una lata de pollo con verduras. Rudolf era el joven gato que su hermana le había traído la tarde anterior, justo una semana después de la desaparición de su gata Brenda. Pese a su rotunda negativa inicial, los tiernos ojos del felino hicieron que le resultara imposible rechazarlo.

La mirada de Andrea se concentró en el collar rastreador que le había puesto a Rudolf. Sin lugar a dudas, Brenda había tenido que escapar por el balcón. Aunque el acceso a las terrazas contiguas era muy complicado, había preguntado a todos los vecinos pero ninguno dijo haberla visto. Al ser un primer piso, concluyó que habría saltado a la calle y, con lo dócil que era, alguien se la habría llevado. Aquello no volvería a pasar, ahora podía localizar a su gato en todo momento.

Al terminar de comer, Rudolf se dirigió a la puerta del balcón, se quedó frente a ella y maulló. Andrea dudó por un instante pero luego le abrió la puerta. Durante unos segundos, vigiló sus movimientos hasta ver como se tumbaba al sol, acto seguido fue a darse una ducha.  

Nada más salir de su habitación fue al balcón. Rudolf ya no estaba. Andrea empezó a llamarle repetidamente pero no apareció. Pensando que se habría escondido empezó a buscar por todo el piso. No le encontró. Se dirigió de nuevo al balcón y se asomó a la calle por si había saltado. Nada. Inquieta, fue a por el móvil y activó la aplicación de rastreo. 

—¿Cómo es posible…?  —musitó mirando sorprendida la pantalla.

El localizador marcaba una ubicación aproximada a unos quince metros. Extrañada, Andrea apagó la aplicación y la volvió a encender, el resultado fue el mismo. Se movió por la casa observando que se acercaba a Rudolf cuando iba hacia la parte derecha. De repente, cayó en la cuenta de que podía estar marcando a nivel de la calle y abandonó apresuradamente el piso. Una vez fuera del edificio, siguió hacia la posición que indicaba la pantalla y anduvo calle arriba examinando los portales y los bajos de los coches. Nada. Afligida, volvió a casa.

La aplicación seguía marcando los quince metros a su derecha. Andrea fue al balcón y se acercó al separador metálico de su vecino. No creía posible que aquel joven gato hubiera subido por allí pero, de todas formas, se agarró con ambas manos al soporte lateral y estiró la cabeza para mirar al otro lado. Ni rastro del gato. Sin embargo, su ojos repararon en algo que le llamó poderosamente la atención: en un rincón se hallaba una jaula metálica rectangular con una cuerda junto a ella. 

«Qué raro» pensó recordando que su vecino no tenía mascotas.

A continuación usó el móvil  para hacer una foto a la jaula e hizo una búsqueda por internet. Andrea quedó estupefacta al comprobar que se trataba de una jaula trampa. Turbada, entró en el comedor y empezó a andar arriba y abajo, mientras su mente bullía especulando si su educado y discreto vecino podía haberle robado a Rudolf.

Un minuto después, abandonó el piso y llamó a la puerta de su vecino. No hubo respuesta. Tras un par de intentos sin resultado, regresó a casa. Andrea salió de nuevo al balcón, se armó de valor y se encaramó al lateral del separador. Por un instante miró abajo. Era solo un primer piso pero aún así le dio vértigo. Sin pensarlo más, pasó al otro lado.

Al bajar al balcón del vecino le temblaba todo el cuerpo. Nerviosa, fue hacia la puerta corredera que daba acceso al salón, rezando para que no tuviera el cierre puesto. Al llegar a ella la empujó, pero no cedió.

 —Mierda —murmuró.

Acto seguido se dirigió a una ventana, intentó moverla y esta sí se abrió. Andrea se introdujo por ella apareciendo en el dormitorio.

«Estás loca»  dijo para sus adentros mientras empezaba a inspeccionar debajo de la cama y el armario. Sin hallar a su gato, salió al pasillo y comenzó a llamarle en voz alta:

—¿Rudolf? ¿Estás aquí?... Rudolf... ven gatito ven.

Andrea entró en la siguiente habitación a su izquierda. Cuando abrió la luz quedó sorprendida al contemplar la estancia. La pared frente a ella estaba llena de pósters de temática científica. En uno de ellos aparecía la estructura de un átomo, en el siguiente, el dibujo de un jovencito Einstein en posición de lucha ante otro individuo y, otro más en el que, en la parte superior se leía «Mecánica cuántica», debajo, un complejo diagrama y, al pie de la imagen, un texto con la pregunta: «¿Onda o partícula?». Bajo los carteles había una mesa de escritorio con un portátil abierto encima y varios aparatos electrónicos que no supo identificar.

Cuando giró la cabeza a su derecha, un nuevo póster captó toda su atención. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ver la siniestra imagen  de un gato negro dentro de una caja, con la mitad de su cuerpo dibujada como una calavera. A continuación, su mirada cayó en la mesa de cristal sobre la que descansaba un baúl de madera de unos sesenta centímetros de largo por cuarenta de ancho. A su lado, un trípode con un móvil encarado hacia él y, más allá, un estuche de cuero negro, un bloc de notas y un bolígrafo.

Se aproximó a la mesa y, vacilante, quitó el pequeño cierre metálico del baúl y lo abrió.

Andrea permaneció en estado de shock durante un instante, acto seguido, lanzó un grito y las lágrimas empezaran a brotar de sus ojos.

En la caja se hallaba Rudolf, estaba tendido, inmóvil y tenía la boca medio abierta. A poca distancia de su cabeza, había un pequeño frasco tumbado, al pie de una especie de mecanismo.

Andrea se enjugó las lágrimas y dirigió su mirada hacia el móvil, lo sacó del soporte y lo encendió. Estaba preparado para grabar un vídeo. De inmediato, buscó en los archivos guardados y reprodujo el más reciente. En él pudo ver como Rudolf era anestesiado y metido en el baúl. Cerró el vídeo y pasó al siguiente archivo. La grabación mostró unas manos que abrían lentamente la caja, en su interior, apareció el cadáver de Brenda.

—¡¿Qué haces tú aquí?! —oyó exclamar de repente a su espalda.

Sobresaltada, Andrea se dio la vuelta y observó a su vecino en el umbral de la puerta.

—¿Por qué… por qué les has hecho esto? —manifestó con la voz rota.

—No es nada personal. Es solo ciencia. Con este experimento daré la respuesta que nadie ha sabido dar.

—¡¿Les has matado por un experimento?!  ¡¡Estás enfermo!! —exclamó Andrea iracunda.

—Tú no lo entiendes. La muerte de estos animales no será en vano. Pasarán a la historia. En cuanto haya hecho las pruebas suficientes pondré fin a la paradoja del gato de Schrödinger.

—¿¿Qué?? —preguntó atónita.

—Schrödinger dice en su experimento teórico que el gato está vivo y muerto a la vez. Yo lo he puesto en práctica y resolveré la duda para siempre.

Andrea le miró fijamente, se movió un poco hacia el lado izquierdo y manifestó:

—Deja que me vaya... no le diré nada a nadie.

El vecino quedó en silencio por un segundo y luego expuso:

—No puedo arriesgar la investigación, es demasiado importante.

El hombre fue acercándose a ella con lentitud. En cuanto llegó a su altura intentó agarrarla. Andrea, que había tomado el bolígrafo de encima de la mesa, lanzó su mano con fuerza y se lo clavó en la cara. El vecino gritó de dolor y se llevó ambas manos hacia la mejilla herida. Ella aprovechó el momento para salir corriendo de la habitación e ir hacia la puerta de entrada al piso. 

Justo cuando la estaba abriendo, notó como la agarraban del brazo y tiraban de ella con fuerza. Andrea se volvió, le golpeó en la cara logrando que la soltara y se dirigió a toda prisa hacia la cocina. En cuanto puso un pie dentro, sintió un fuerte golpe en la espalda, yendo a parar contra la encimera.

 —Ya buscaré algún experimento para ti —apuntó él mientras se acercaba a ella con una siniestra sonrisa en los labios.  

Andrea se dio la vuelta. Su mano derecha se alzó empuñando un cuchillo de cocina y, sin dar tiempo a la reacción, se lo clavó en el cuello, luego, miró a los desorbitados ojos de su vecino y sentenció con rabia:

—Ahora eres tú el que estas vivo y muerto a la vez. 

miércoles, 12 de marzo de 2025

Pensamientos XXI

 -El apocalipsis no es un tiempo, es una dirección.

-Un alma en paz transita presentes sin ansiar futuros.

-El conocimiento no implica la victoria, aunque muestra el camino.

-Un mundo de verdades absolutas vacía mentes, uno sin certezas, deshace almas.

-No existe realidad sin el vacío que la contiene.

-Una vida no logra su forja sin quebrarse a sí misma.

-El alma renace a cada silencio de comprensión.

-Islas invisibles se elevan a cada naufragio de palabras.

-Absurdo es ser mundo en un mundo que no quiere ser.

-Yerma es la existencia que no toma sus sombras.

jueves, 6 de marzo de 2025

Libro de peluche



Gateando por el comedor, la pequeña jugueteaba con su osito de peluche preferido, cogiéndolo y lanzándolo una y otra vez. Leyendo en el sofá, el padre levantaba con frecuencia la mirada del libro para observarla.

Al cabo de unos minutos la pequeña se acercó al sofá reclamando atención. Alzó su manita y emitió un sonoro grito de protesta.

-¿Qué te pasa? -preguntó el padre dejando el libro en el sofá y tomándola en brazos.

La respuesta fue otro quejido todavía más airado. En ese momento la madre entró por la puerta del salón

-A ver que es lo que le pasa a mi pequeña -dijo acercándose a ellos.

-No lo sé. No parece que haya que cambiarla.

-A ver, déjamela.

El padre le pasó la criatura quien, aún en brazos de la madre, seguía llorando a gritos.

-Pues tampoco creo que sea hambre, quizá no se encuentre bien.

La niña se removió con fuerza dirigiendo sus manos hacia abajo.

-Está bien, está bien, ya te suelto.

En cuanto la madre la dejó en el sofá, la pequeña enmudeció, llegó hasta el libro de su padre y se abrazó a él, luego cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.


miércoles, 5 de marzo de 2025

La mancha



Alex se levantó por la mañana, fue al baño y se miró el torso en el espejo. Aquella maldita mancha rojiza seguía creciendo y ya ocupaba una parte del tórax.

Hacía una semana que le había aparecido un molesto sarpullido a la altura del esternón. Viendo que jornada a jornada se le iba extendiendo y aumentaban los picores, al tercer día decidió ir al médico de cabecera. El médico le indicó que probablemente era una alergia, le recetó un antihistamínico y le dijo que volviera al cabo de una semana.

Cuatro días después, ya no sentía tantas molestias, pero la mancha no había parado de crecer y su color rojizo era cada vez más oscuro.

Alex llamó a su mujer:

—Ruth, ven un momento.

Su mujer se acercó al baño y él le mostró la mancha.

—Esto no funciona. Creo que debería ir a urgencias —apuntó con preocupación.

—Sí. Será lo mejor.

Cuando por fin le atendieron en el hospital, le hicieron pasar a un box acompañado por su mujer. En cuestión de minutos fue examinado por una doctora, quien pidió unos análisis de sangre. Tras algo más de una hora, la doctora regresó.

—¿Saben ya lo que es? —preguntó Alex con inquietud.

—Sí, pero habrá que hacer otra prueba para confirmar el diagnóstico.

—¿Es grave? —preguntó la esposa.

—En absoluto. Es una reacción cutánea que acabará remitiendo. Ahora nos llevaremos a su marido para hacer esa última prueba y, si no hay novedad, le daremos el alta. Puede usted ir a la sala de espera.

Ruth sonrió ampliamente, le dio un beso a su marido y salió de la pequeña habitación. En cuanto ella se hubo marchado, la doctora aguardó unos segundos, miró a Alex con gesto grave y apuntó:

—No vamos a hacerle ninguna otra prueba… he de hablar con usted de una cosa.

—¿Me estoy muriendo? —preguntó asustado.

—No —respondió tajante la doctora—. Le puedo asegurar que no le pasa nada. Al contrario, Los análisis han salido perfectos.

—¿Entonces? ¿Qué demonios es esta mancha?

—La verdad es que no lo sabemos. Solo sabemos que ha sido inocuo para los afectados en todos los casos.

—¿Ha habido más casos como el mío?

—Veintisiete en los últimos diez días. Solo en este hospital.

—Madre mía... bueno, al menos no hace nada… ¿Pero qué pasa con la mancha? No me diga que va a seguir creciendo sin parar.

—No. Cuando la mancha ha ocupado el tórax por completo deja de expandirse y empieza desaparecer. En todos los afectados ha evolucionado igual

—Menos mal. Entonces ya puedo irme.

—Espere, aún no he terminado —declaró la doctora con aire serio—. Como le he dicho antes, el resto de casos han repetido la misma pauta y... —hizo una breve pausa y continuó—: en todos y cada uno de ellos, la pareja del afectado ha acabado falleciendo cuando la mancha ha llegado a su punto álgido.

Alex la miró estupefacto durante un instante y manifestó:

—No me lo creo… no... no puede ser.

La doctora tiró del cuello del jersey que llevaba bajo la bata blanca, mostrándole una mancha parecida a la suya, luego, con los ojos llorosos y voz queda, declaró:

—Se lo puedo asegurar.


viernes, 28 de febrero de 2025

Vacíos



Lucía abandonó la casa de sus padres y salió a la calle. Necesitaba tomar el aire y estar un momento a solas. No hacía una hora que habían acabado de enterrar a su madre quien, con sesenta y dos años, había fallecido la noche anterior tras un año y medio luchando contra un agresivo cáncer de hígado.

A Lucía no le quedaban más lágrimas que derramar, ahora se sentía tremendamente agotada y con un vacío en el alma que no llenaría jamás. Abrió el pequeño bolso que llevaba consigo, cogió el paquete de tabaco de su interior y encendió un cigarro dándole una intensa calada.

«Tengo que dejarlo» pensó al tiempo que echaba el humo por la boca.

Después de acabar el cigarrillo, miró al nítido cielo azul con el que aquel pequeño pueblo de montaña había amanecido y sonrió levemente pensando que su madre estaría ya ocupando su lugar allí arriba, acto seguido regresó al interior de la casa. En el salón solo encontró a su hermano Carlos hablando con su mujer.

—¿Dónde está papá? —le preguntó ella.

—Está en su habitación, quería cambiarse de ropa —respondió su hermano..

—¿Y Fran?

—Acaba de irse a la cocina a por otra botella de vino

—Ya le vale… —comentó contrariada.

Dio media vuelta y se dirigió a la cocina dispuesta a pedirle a su hermano menor que se contuviera un poco. Una vez allí, observó sobre la mesa una copa medio llena y dos botellas, una de las cuales completamente vacía, sin embargo Fran no estaba. Lucía supuso que habría ido al lavabo y esperó. Pasados un par de minutos se encaminó al cuarto de baño y llamó a la puerta con los nudillos:

—¿Fran? ¿Estás ahí? —preguntó con un poso de inquietud en la voz.

Al no obtener respuesta abrió la puerta. El baño estaba vacío.

«Este ha ido a acostarse arriba» pensó instantáneamente.

Lucía aprovechó que estaba allí para hacer sus necesidades.

—¡Enfermera! —escuchó gritar de fondo.

—¿Enfermera? —murmuró con extrañeza abrochándose los pantalones apresuradamente.

Salió del lavabo y fue directamente al comedor en el que unos minutos antes se hallaban su hermano mayor y su mujer, pero estos ya no estaban. Desconcertada, empezó a gritar llamándoles por sus nombres, al tiempo que subía las escaleras hacia la planta superior. Una tras otra fue revisando todas las habitaciones comprobando que estaban vacías. Ni rastro de su padre, de sus hermanos ni tampoco de su cuñada.

—No es posible… —musitó.

«¿Habrá pasado algo?» se preguntó con verdadera preocupación bajando las escaleras.

Lucía, sin dejar de llamar en voz alta a su familia, examinó de nuevo las estancias de la planta de abajo sin resultado. Al llegar al comedor, la parte racional de su mente había tomado las riendas. No le quedaba duda que tenían que estar todos en la calle. Pensó que si hubiera sucedido algo la habrían avisado y, en cuanto al grito de «enfermera», se le ocurrió que debía ser por la visita de la vieja enfermera del pueblo, vecina y buena amiga de su madre que, pese a su mermado estado de salud, habría hecho el esfuerzo de ir a darles el pésame.

Justo antes de abrir la puerta de la calle escuchó una voz femenina desde el exterior que dijo:

—No se puede hacer nada.

Lucía abrió la puerta y, asombrada, observó que allí no había nadie.

Miró a un lado y a otro y luego anduvo hacia la derecha para ver más allá de la curva que hacía la calle. No había ni un alma. Tras quedar pensativa unos segundos, prosiguió unos metros hasta la casa de la vieja enfermera. Llamó al interfono. Nada. Pulsó un par de veces más el botón pero no hubo contestación alguna. Finalmente desistió y regresó por donde había venido.

—¡¿Pero qué…?! —exclamó al llegar a la altura de casa de sus padres.

Con absoluta estupefacción, miró varias veces a su alrededor sin dar crédito a lo que acababa de contemplar: la puerta de la casa había desaparecido, y no solo la puerta, no había ni balcón ni tampoco ventanas. La fachada entera se había transformado en una uniforme pared blanca que iba desde el tejado mismo hasta la acera y que se fundía a ambos lados con los edificios contiguos.

Lucía clavó sus desorbitados ojos en el suelo intentando recapacitar. Aquello no podía ser más que una pesadilla o una alucinación. O se había quedado dormida en casa de sus padres o la muerte de su madre la había trastocado mucho más de lo que creía. Si estaba siendo un sueño tendría que despertar en un momento u otro pero, si se trataba de un delirio, necesitaba ayuda de forma urgente. A continuación, se puso a llamar a la puerta de varias casas de las que no obtuvo respuesta. Con una mezcla de angustia y temor echó a correr calle arriba.

Un minuto más tarde se hallaba en el centro de aquel pequeño municipio. Todo estaba cerrado. Ni una sola persona y tampoco nadie contestaba desde las casas,

«Esto es una locura» Se dijo a si misma llena de frustración.

Siguió avanzando por aquel desierto pueblo hasta encontrar la iglesia en la que habían celebrado el funeral de su madre. Se sentó en el suelo, se tapó la cara con las manos y lloró amargamente. Secándose las lágrimas levantó la cabeza y, mirando al resplandeciente cielo azul musitó:

—Mamá... ayúdame.

Segundos después, Lucía se puso en pie y empezó a andar hacia las afueras del pueblo, entró en el cementerio, se dirigió a la sepultura de su madre y se tumbó junto a ella.



—¿Mamá?... ¿Puedes oírme?... ¿Mamá? —manifestó Claudia con la voz rota.


—No creo que pueda. La pobre estaba ya muy débil —indicó con ternura la enfermera.


En ese preciso instante, desde la cama de hospital en la que se hallaba, Lucía entreabrió los ojos, esbozó una leve sonrisa, exhaló su último suspiro.

jueves, 27 de febrero de 2025

Desvelado



De nuevo otra noche en blanco y ya era la cuarta. A las dos y nueve minutos de la madrugada se levantó de la cama pensando en lo que le esperaba: vueltas y más vueltas sin poder pegar ojo. Jeremías se maldijo a si mismo por haber rechazado las pastillas somníferas que le había ofrecido su hermana, creyendo que, al fin, aquella noche dormiría de forma natural por el agotamiento acumulado.

Hastiado, se dirigió al comedor sentándose en el sofá, puso la televisión y fue cambiando de canal: publicidad, un vidente, más publicidad, una película de serie B… finalmente optó por quedarse en uno de los canales de noticias veinticuatro horas.

Al llegar a la sección de internacional a Jeremías se le cerraron los párpados. En ese preciso instante, la voz de la locutora llamó su atención:

—Ahora no vayas a dormirte, que viene lo mejor.

Automáticamente, abrió los ojos y se incorporó en el sofá mirando asombrado hacia la pantalla del televisor, donde la presentadora había empezado a dar la noticia del enésimo encarecimiento de las materias primas a causa de los problemas de abastecimiento a nivel mundial.

—Mierda, estoy empezando a alucinar —masculló entre dientes.

Estuvo casi un minuto con la vista fija en la pantalla para asegurarse de que mantenía su mente bajo control y que nadie volvía a dirigirse a él, después, apagó el televisor y se fue a la cocina a prepararse un vaso de leche caliente.

Abrió la puerta de la nevera y cogió el tetrabrick de leche, cuando observó de reojo como si en el estante superior del frigorífico algo se hubiera movido. Se quedó mirando durante unos segundos la sección de los quesos y yogures sin advertir nada raro. De pronto, algo asomó por detrás de los yogures. Increíblemente, una lagartija de color verde oscuro había aparecido ante su atónita mirada y acabó por posarse encima de uno de los quesos.

—¡¡Joder!! —exclamó dando un respingo y cerrando la puerta de golpe.

Jeremías clavó sus asombrados ojos en la nevera, asqueado por la repugnancia que siempre le habían provocado aquellos bichos. Un momento después, dejó el brick en la encimera, tomó una espátula de cocina y abrió de nuevo el frigorífico.

Aquella alimaña ya no estaba. Haciendo de tripas corazón y con todos su cuerpo en tensión, tocó con la espátula los quesos, sin embargo, la lagartija no salió. Repitió la acción con algo más de fuerza moviendo las porciones de queso y los yogures pero el bicho continuó sin aparecer. Acto seguido se puso a revisar el resto de secciones de la nevera con el mismo resultado. Finalmente, se dio por vencido y cerró el frigorífico convencido de que había sufrido otra alucinación.

Jeremías se preparó el vaso de leche caliente y se lo bebió mientras intentaba calmarse. En cuanto terminó, sus ojos se desviaron hacia el tetrabrick que descansaba en la encimera y que debía guardar en la nevera. Valoró la idea de dejarlo allí hasta por la mañana, sin embargo, decidió no dejarse llevar por el miedo a una burda visión.

Con un poso de temor, abrió la puerta del frigorífico y sus vista fue directamente al lugar de donde había salido la lagartija. Ni rastro del animal. Aliviado, dejó el brick en su sitio y cerró la nevera.

Ya más relajado, regresó a la cama con la esperanza de que el vaso de leche hiciera algún efecto. Se tumbó boca arriba y cerró los ojos. Pasaron los minutos y volvió a las vueltas en la cama y a la angustia de no poder dormir. De repente, el ruido de la lavadora poniéndose en marcha hizo que se incorporara de golpe. Estupefacto, se levantó y se encaminó a la galería que quedaba justo al lado de la cocina.

Al abrir la puerta y encender la luz, la lavadora se detuvo y el tambor vacío de ropa dio su última vuelta hasta parar definitivamente, entonces, unos huesuda garra apareció en su interior arañando la puerta con unas largas y afiladas uñas. Horrorizado, Jeremías lanzó un grito y abandonó la galería precipitadamente. Al salir, tropezó y cayó al suelo golpeándose la frente contra la encimera.

Diez minutos más tarde despertó dolorido y confuso. Jeremías se llevó la mano a la cabeza y se levantó. En el suelo observó una pequeña mancha de sangre. En ese instante, le sobrevino el recuerdo de la espeluznante garra en el interior de la lavadora. Un escalofrío recorrió su cuerpo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para convencer a su mente de que aquello no había sido más que ser otra alucinación causada por la falta de sueño. A continuación, se lavó la frente con agua fría y se secó con un trapo de cocina que quedó enrojecido por los restos de sangre de su cabeza. 

Estaba a punto de tirar el trapo a la basura cuando un sobrecogedor gemido hizo que se quedara sin aliento. Su ritmo cardíaco se aceleró y todos sus músculos se tensaron. Se dio la vuelta escuchando con atención y le pareció que el estremecedor sonido  procedía del comedor. Se encaminó al salón con la esperanza que fuera cosa de los vecinos.

Al entrar, pulsó el interruptor iluminando el comedor. Allí no había nada. De repente la luz se apagó dejando a oscuras la sala. Jeremías intentó abrirla de nuevo pero no funcionó. En ese momento, el televisor se encendió a la vez que el gemido reaparecía. Miró a la pantalla. En ella no había ninguna imagen, solo una neblina blanca. Sin embargo, la luz que emitía el televisor le permitió ver como algo se arrastraba por el suelo avanzando hacia él. 

Ahora podía verlo con claridad. Tenía forma humana y el rostro esquelético. Carecía de piernas. Una de sus manos era una garra y la otra solo un muñón. De pronto, la cadavérica boca de aquel ser se abrió lanzando un nuevo y aterrador gemido.

Atemorizado, Jeremías abandonó corriendo el salón y fue a su habitación. Cerró la puerta apoyando todo el peso de su cuerpo contra ella.  Al cabo de unos segundos intentó sosegarse repitiéndose a si mismo:

—Esto no es real, esto no es real, esto no es real…

Tras recuperar un poco la calma, se le ocurrió algo que podía hacer que su mente dejara de temer a aquellas alucinaciones y quizás incluso detenerlas. Convencido, tomó su smartphone y abandonó la habitación  regresando al comedor. Allí seguía el terrorífico ser quien, al verle, gimió de nuevo.

Jeremías activó la cámara del móvil y le hizo una foto, después comprobó la instantánea observando la presencia del ser en ella. Seguidamente, buscó el contacto de su hermana, le envió la imagen y la llamó por teléfono. Al sexto tono su hermana respondió.

—¿Jeremías?  —preguntó con voz de adormilada.

—Siento despertarte, pero necesito tu ayuda.

—¿Te ha pasado algo? —preguntó alarmada.

—No... escucha, te he enviado una foto. Tienes que decirme que ves en ella.

—¿Cómo?

—Tú mira la foto y dime lo que ves —apremió.

Jeremías esperó la respuesta de su hermana.

—Solo veo el comedor de tu casa.

—Gracias y perdona.

Satisfecho, colgó la llamada y miró al espantoso ser que había seguido arrastrándose y ahora se hallaba a escaso medio metro de él. Jeremías esbozó una sonrisa y le dijo:

—Sé que no estás aquí.

De repente, sintió varias punzadas de dolor en la pierna derecha, volvió sus ojos hacia ella y contempló con horror como la huesuda garra amputada que había visto en el interior de la lavadora le subía por su gemelo desgarrándole la carne con sus uñas.

Jeremías se inclinó para quitársela de encima cuando escuchó un nuevo y espeluznante gemido. Aquel ser estaba apoyado en su propio muñón y se había incorporado lo suficiente como para llegar hasta su garganta. Jeremías sintió como sus afiladas uñas le rasgaban sin piedad, sumiéndole en la más profunda de las oscuridades.


miércoles, 9 de octubre de 2024

Reflejo


Sentada plácidamente en la butaca del salón, Laura dio un sorbo a la copa de vino tinto que sostenía en su mano derecha. Una sonrisa se dibujó en su rostro y removió la copa antes de darle otro sorbo. Se acababa de duchar en el cuarto de invitados, aún iba en albornoz y llevaba el pelo mojado. Respiró profundamente, bebió de nuevo y cerró los ojos disfrutando de aquel momento.

De repente, el ruido de dos golpes provenientes de la pared a su derecha la sobresaltaron. Laura se giró hacia el tabique y permaneció a la escucha. No hubo más golpes. Tras unos segundos de nerviosismo, se serenó. No tenía vecinos, en casa no había nadie que pudiera haber causado aquel ruido y la pared en cuestión correspondía al cuarto de invitados en el que se había duchado, así que debía ser algo que se habría caído en el baño.

Laura decidió ignorar aquel ruido devolviendo su atención a la copa de vino. Cuando estaba a punto de beber otro sorbo se repitieron los golpes. Inquieta, se levantó de la butaca con los ojos fijos en la pared. Entonces, le pareció como si el horrible espejo colgado en ella, se hubiera movido un poco.

 Una vez frente a la habitación, dudó por un segundo. Acto seguido, con los nervios a flor de piel, le dio al interruptor de la luz, empujó la puerta y entró. En la estancia no vio nada extraño. La cama, la mesita de noche, los cuadros, la decoración... todo parecía estar en su sitio.

Laura avanzó por la habitación hasta el cuarto de baño, abrió las luces y escrutó con la mirada. Tampoco halló nada fuera de lugar. Desconcertada, negó con la cabeza y abandonó el baño. En ese preciso instante, los golpes volvieron a resonar en la pared, dando la sensación que provenían del comedor.

Laura salió corriendo hacia el salón, cuando llegó allí, los ruidos habían cesado y no pudo descubrir qué era lo que los había provocado. Incapaz de entender lo que estaba pasando, se acercó a la pared y se puso a recorrerla palpando con la mano para ver si notaba algo raro.

Al acercarse al espejo, un par de nuevos golpes hicieron que ella diera un respingo. El espejo tembló levemente y Laura miró en él.

—No… no es posible… —murmuró atemorizada.

Detrás de su propio reflejo estaba viendo la figura de su marido,

 sin embargo, al darse la vuelta, no vio ni rastro de su presencia en el salón.

—Cálmate, es solo tu mente, cálmate. —Se dijo intentando recuperar el control de sí misma.

Laura cerró los ojos, respiró hondo y salió de la estancia tomando las escaleras de acceso a la segunda planta.

 En cuanto empezó a subir, los golpes resonaron de nuevo y, esta vez, de forma más virulenta. Al llegar al dormitorio, fue hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta y la luz encendida. Temerosa, entró en él. Todo estaba tal y como lo había dejado hacía casi media hora. Al lado de la puerta, en el rincón derecho, estaban amontonadas su ropa y sus zapatillas, más adelante, tirados por el suelo, un par de botes de champú y varios frascos de cristal; finalmente, en la bañera, se hallaba su marido, desnudo y con un cuchillo de grandes dimensiones clavado en el pecho.

Laura le miró con desprecio, pensando que aquello no habría sido necesario si le hubiera concedido el divorcio y una parte de su inmensa fortuna. Más tarde tendría que ir a por una sierra eléctrica y bolsas de viaje.

El fuerte ruido de más golpes la sacaron de sus pensamientos. Ahora provenían de la pared que quedaba a su izquierda, retrocedió hasta la puerta, echó un vistazo al dormitorio pero no logró ver nada, entonces, oyó un tremendo golpe y, a continuación, escuchó como si algo se rompiera a su espalda. Se dio la vuelta y observó el espejo del lavabo completamente resquebrajado. 

Venciendo a su propio miedo, se aproximó muy lentamente hasta quedar frente a él. Durante unos segundos, Laura contempló el agrietado reflejo de su rostro sin ver nada extraño. Más tranquila, movió la cabeza para mirar a su marido muerto en la bañera y se volvió de nuevo hacia el espejo, al hacerlo, el reflejo le mostró a su marido justo detrás de ella, blandiendo en alto el mismo cuchillo con el que le había apuñalado.

Presa del pánico, se echó bruscamente hacia un lado y resbaló. El impacto de su cabeza contra el perfil de la bañera resonó en toda la casa, luego, se hizo el más absoluto de los silencios.





¿A dónde vamos?

Hace demasiado tiempo que nos hallamos ante una situación de decadencia sistémica en la que las injusticias campan a sus anchas. Los gobiern...