viernes, 28 de febrero de 2025

Vacíos



Lucía abandonó la casa de sus padres y salió a la calle. Necesitaba tomar el aire y estar un momento a solas. No hacía una hora que habían acabado de enterrar a su madre quien, con sesenta y dos años, había fallecido la noche anterior tras un año y medio luchando contra un agresivo cáncer de hígado.

A Lucía no le quedaban más lágrimas que derramar, ahora se sentía tremendamente agotada y con un vacío en el alma que no llenaría jamás. Abrió el pequeño bolso que llevaba consigo, cogió el paquete de tabaco de su interior y encendió un cigarro dándole una intensa calada.

«Tengo que dejarlo» pensó al tiempo que echaba el humo por la boca.

Después de acabar el cigarrillo, miró al nítido cielo azul con el que aquel pequeño pueblo de montaña había amanecido y sonrió levemente pensando que su madre estaría ya ocupando su lugar allí arriba, acto seguido regresó al interior de la casa. En el salón solo encontró a su hermano Carlos hablando con su mujer.

—¿Dónde está papá? —le preguntó ella.

—Está en su habitación, quería cambiarse de ropa —respondió su hermano..

—¿Y Fran?

—Acaba de irse a la cocina a por otra botella de vino

—Ya le vale… —comentó contrariada.

Dio media vuelta y se dirigió a la cocina dispuesta a pedirle a su hermano menor que se contuviera un poco. Una vez allí, observó sobre la mesa una copa medio llena y dos botellas, una de las cuales completamente vacía, sin embargo Fran no estaba. Lucía supuso que habría ido al lavabo y esperó. Pasados un par de minutos se encaminó al cuarto de baño y llamó a la puerta con los nudillos:

—¿Fran? ¿Estás ahí? —preguntó con un poso de inquietud en la voz.

Al no obtener respuesta abrió la puerta. El baño estaba vacío.

«Este ha ido a acostarse arriba» pensó instantáneamente.

Lucía aprovechó que estaba allí para hacer sus necesidades.

—¡Enfermera! —escuchó gritar de fondo.

—¿Enfermera? —murmuró con extrañeza abrochándose los pantalones apresuradamente.

Salió del lavabo y fue directamente al comedor en el que unos minutos antes se hallaban su hermano mayor y su mujer, pero estos ya no estaban. Desconcertada, empezó a gritar llamándoles por sus nombres, al tiempo que subía las escaleras hacia la planta superior. Una tras otra fue revisando todas las habitaciones comprobando que estaban vacías. Ni rastro de su padre, de sus hermanos ni tampoco de su cuñada.

—No es posible… —musitó.

«¿Habrá pasado algo?» se preguntó con verdadera preocupación bajando las escaleras.

Lucía, sin dejar de llamar en voz alta a su familia, examinó de nuevo las estancias de la planta de abajo sin resultado. Al llegar al comedor, la parte racional de su mente había tomado las riendas. No le quedaba duda que tenían que estar todos en la calle. Pensó que si hubiera sucedido algo la habrían avisado y, en cuanto al grito de «enfermera», se le ocurrió que debía ser por la visita de la vieja enfermera del pueblo, vecina y buena amiga de su madre que, pese a su mermado estado de salud, habría hecho el esfuerzo de ir a darles el pésame.

Justo antes de abrir la puerta de la calle escuchó una voz femenina desde el exterior que dijo:

—No se puede hacer nada.

Lucía abrió la puerta y, asombrada, observó que allí no había nadie.

Miró a un lado y a otro y luego anduvo hacia la derecha para ver más allá de la curva que hacía la calle. No había ni un alma. Tras quedar pensativa unos segundos, prosiguió unos metros hasta la casa de la vieja enfermera. Llamó al interfono. Nada. Pulsó un par de veces más el botón pero no hubo contestación alguna. Finalmente desistió y regresó por donde había venido.

—¡¿Pero qué…?! —exclamó al llegar a la altura de casa de sus padres.

Con absoluta estupefacción, miró varias veces a su alrededor sin dar crédito a lo que acababa de contemplar: la puerta de la casa había desaparecido, y no solo la puerta, no había ni balcón ni tampoco ventanas. La fachada entera se había transformado en una uniforme pared blanca que iba desde el tejado mismo hasta la acera y que se fundía a ambos lados con los edificios contiguos.

Lucía clavó sus desorbitados ojos en el suelo intentando recapacitar. Aquello no podía ser más que una pesadilla o una alucinación. O se había quedado dormida en casa de sus padres o la muerte de su madre la había trastocado mucho más de lo que creía. Si estaba siendo un sueño tendría que despertar en un momento u otro pero, si se trataba de un delirio, necesitaba ayuda de forma urgente. A continuación, se puso a llamar a la puerta de varias casas de las que no obtuvo respuesta. Con una mezcla de angustia y temor echó a correr calle arriba.

Un minuto más tarde se hallaba en el centro de aquel pequeño municipio. Todo estaba cerrado. Ni una sola persona y tampoco nadie contestaba desde las casas,

«Esto es una locura» Se dijo a si misma llena de frustración.

Siguió avanzando por aquel desierto pueblo hasta encontrar la iglesia en la que habían celebrado el funeral de su madre. Se sentó en el suelo, se tapó la cara con las manos y lloró amargamente. Secándose las lágrimas levantó la cabeza y, mirando al resplandeciente cielo azul musitó:

—Mamá... ayúdame.

Segundos después, Lucía se puso en pie y empezó a andar hacia las afueras del pueblo, entró en el cementerio, se dirigió a la sepultura de su madre y se tumbó junto a ella.



—¿Mamá?... ¿Puedes oírme?... ¿Mamá? —manifestó Claudia con la voz rota.


—No creo que pueda. La pobre estaba ya muy débil —indicó con ternura la enfermera.


En ese preciso instante, desde la cama de hospital en la que se hallaba, Lucía entreabrió los ojos, esbozó una leve sonrisa, exhaló su último suspiro.

jueves, 27 de febrero de 2025

Desvelado



De nuevo otra noche en blanco y ya era la cuarta. A las dos y nueve minutos de la madrugada se levantó de la cama pensando en lo que le esperaba: vueltas y más vueltas sin poder pegar ojo. Jeremías se maldijo a si mismo por haber rechazado las pastillas somníferas que le había ofrecido su hermana, creyendo que, al fin, aquella noche dormiría de forma natural por el agotamiento acumulado.

Hastiado, se dirigió al comedor sentándose en el sofá, puso la televisión y fue cambiando de canal: publicidad, un vidente, más publicidad, una película de serie B… finalmente optó por quedarse en uno de los canales de noticias veinticuatro horas.

Al llegar a la sección de internacional a Jeremías se le cerraron los párpados. En ese preciso instante, la voz de la locutora llamó su atención:

—Ahora no vayas a dormirte, que viene lo mejor.

Automáticamente, abrió los ojos y se incorporó en el sofá mirando asombrado hacia la pantalla del televisor, donde la presentadora había empezado a dar la noticia del enésimo encarecimiento de las materias primas a causa de los problemas de abastecimiento a nivel mundial.

—Mierda, estoy empezando a alucinar —masculló entre dientes.

Estuvo casi un minuto con la vista fija en la pantalla para asegurarse de que mantenía su mente bajo control y que nadie volvía a dirigirse a él, después, apagó el televisor y se fue a la cocina a prepararse un vaso de leche caliente.

Abrió la puerta de la nevera y cogió el tetrabrick de leche, cuando observó de reojo como si en el estante superior del frigorífico algo se hubiera movido. Se quedó mirando durante unos segundos la sección de los quesos y yogures sin advertir nada raro. De pronto, algo asomó por detrás de los yogures. Increíblemente, una lagartija de color verde oscuro había aparecido ante su atónita mirada y acabó por posarse encima de uno de los quesos.

—¡¡Joder!! —exclamó dando un respingo y cerrando la puerta de golpe.

Jeremías clavó sus asombrados ojos en la nevera, asqueado por la repugnancia que siempre le habían provocado aquellos bichos. Un momento después, dejó el brick en la encimera, tomó una espátula de cocina y abrió de nuevo el frigorífico.

Aquella alimaña ya no estaba. Haciendo de tripas corazón y con todos su cuerpo en tensión, tocó con la espátula los quesos, sin embargo, la lagartija no salió. Repitió la acción con algo más de fuerza moviendo las porciones de queso y los yogures pero el bicho continuó sin aparecer. Acto seguido se puso a revisar el resto de secciones de la nevera con el mismo resultado. Finalmente, se dio por vencido y cerró el frigorífico convencido de que había sufrido otra alucinación.

Jeremías se preparó el vaso de leche caliente y se lo bebió mientras intentaba calmarse. En cuanto terminó, sus ojos se desviaron hacia el tetrabrick que descansaba en la encimera y que debía guardar en la nevera. Valoró la idea de dejarlo allí hasta por la mañana, sin embargo, decidió no dejarse llevar por el miedo a una burda visión.

Con un poso de temor, abrió la puerta del frigorífico y sus vista fue directamente al lugar de donde había salido la lagartija. Ni rastro del animal. Aliviado, dejó el brick en su sitio y cerró la nevera.

Ya más relajado, regresó a la cama con la esperanza de que el vaso de leche hiciera algún efecto. Se tumbó boca arriba y cerró los ojos. Pasaron los minutos y volvió a las vueltas en la cama y a la angustia de no poder dormir. De repente, el ruido de la lavadora poniéndose en marcha hizo que se incorporara de golpe. Estupefacto, se levantó y se encaminó a la galería que quedaba justo al lado de la cocina.

Al abrir la puerta y encender la luz, la lavadora se detuvo y el tambor vacío de ropa dio su última vuelta hasta parar definitivamente, entonces, unos huesuda garra apareció en su interior arañando la puerta con unas largas y afiladas uñas. Horrorizado, Jeremías lanzó un grito y abandonó la galería precipitadamente. Al salir, tropezó y cayó al suelo golpeándose la frente contra la encimera.

Diez minutos más tarde despertó dolorido y confuso. Jeremías se llevó la mano a la cabeza y se levantó. En el suelo observó una pequeña mancha de sangre. En ese instante, le sobrevino el recuerdo de la espeluznante garra en el interior de la lavadora. Un escalofrío recorrió su cuerpo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para convencer a su mente de que aquello no había sido más que ser otra alucinación causada por la falta de sueño. A continuación, se lavó la frente con agua fría y se secó con un trapo de cocina que quedó enrojecido por los restos de sangre de su cabeza. 

Estaba a punto de tirar el trapo a la basura cuando un sobrecogedor gemido hizo que se quedara sin aliento. Su ritmo cardíaco se aceleró y todos sus músculos se tensaron. Se dio la vuelta escuchando con atención y le pareció que el estremecedor sonido  procedía del comedor. Se encaminó al salón con la esperanza que fuera cosa de los vecinos.

Al entrar, pulsó el interruptor iluminando el comedor. Allí no había nada. De repente la luz se apagó dejando a oscuras la sala. Jeremías intentó abrirla de nuevo pero no funcionó. En ese momento, el televisor se encendió a la vez que el gemido reaparecía. Miró a la pantalla. En ella no había ninguna imagen, solo una neblina blanca. Sin embargo, la luz que emitía el televisor le permitió ver como algo se arrastraba por el suelo avanzando hacia él. 

Ahora podía verlo con claridad. Tenía forma humana y el rostro esquelético. Carecía de piernas. Una de sus manos era una garra y la otra solo un muñón. De pronto, la cadavérica boca de aquel ser se abrió lanzando un nuevo y aterrador gemido.

Atemorizado, Jeremías abandonó corriendo el salón y fue a su habitación. Cerró la puerta apoyando todo el peso de su cuerpo contra ella.  Al cabo de unos segundos intentó sosegarse repitiéndose a si mismo:

—Esto no es real, esto no es real, esto no es real…

Tras recuperar un poco la calma, se le ocurrió algo que podía hacer que su mente dejara de temer a aquellas alucinaciones y quizás incluso detenerlas. Convencido, tomó su smartphone y abandonó la habitación  regresando al comedor. Allí seguía el terrorífico ser quien, al verle, gimió de nuevo.

Jeremías activó la cámara del móvil y le hizo una foto, después comprobó la instantánea observando la presencia del ser en ella. Seguidamente, buscó el contacto de su hermana, le envió la imagen y la llamó por teléfono. Al sexto tono su hermana respondió.

—¿Jeremías?  —preguntó con voz de adormilada.

—Siento despertarte, pero necesito tu ayuda.

—¿Te ha pasado algo? —preguntó alarmada.

—No... escucha, te he enviado una foto. Tienes que decirme que ves en ella.

—¿Cómo?

—Tú mira la foto y dime lo que ves —apremió.

Jeremías esperó la respuesta de su hermana.

—Solo veo el comedor de tu casa.

—Gracias y perdona.

Satisfecho, colgó la llamada y miró al espantoso ser que había seguido arrastrándose y ahora se hallaba a escaso medio metro de él. Jeremías esbozó una sonrisa y le dijo:

—Sé que no estás aquí.

De repente, sintió varias punzadas de dolor en la pierna derecha, volvió sus ojos hacia ella y contempló con horror como la huesuda garra amputada que había visto en el interior de la lavadora le subía por su gemelo desgarrándole la carne con sus uñas.

Jeremías se inclinó para quitársela de encima cuando escuchó un nuevo y espeluznante gemido. Aquel ser estaba apoyado en su propio muñón y se había incorporado lo suficiente como para llegar hasta su garganta. Jeremías sintió como sus afiladas uñas le rasgaban sin piedad, sumiéndole en la más profunda de las oscuridades.


miércoles, 9 de octubre de 2024

Reflejo


Sentada plácidamente en la butaca del salón, Laura dio un sorbo a la copa de vino tinto que sostenía en su mano derecha. Una sonrisa se dibujó en su rostro y removió la copa antes de darle otro sorbo. Se acababa de duchar en el cuarto de invitados, aún iba en albornoz y llevaba el pelo mojado. Respiró profundamente, bebió de nuevo y cerró los ojos disfrutando de aquel momento.

De repente, el ruido de dos golpes provenientes de la pared a su derecha la sobresaltaron. Laura se giró hacia el tabique y permaneció a la escucha. No hubo más golpes. Tras unos segundos de nerviosismo, se serenó. No tenía vecinos, en casa no había nadie que pudiera haber causado aquel ruido y la pared en cuestión correspondía al cuarto de invitados en el que se había duchado, así que debía ser algo que se habría caído en el baño.

Laura decidió ignorar aquel ruido devolviendo su atención a la copa de vino. Cuando estaba a punto de beber otro sorbo se repitieron los golpes. Inquieta, se levantó de la butaca con los ojos fijos en la pared. Entonces, le pareció como si el horrible espejo colgado en ella, se hubiera movido un poco.

 Una vez frente a la habitación, dudó por un segundo. Acto seguido, con los nervios a flor de piel, le dio al interruptor de la luz, empujó la puerta y entró. En la estancia no vio nada extraño. La cama, la mesita de noche, los cuadros, la decoración... todo parecía estar en su sitio.

Laura avanzó por la habitación hasta el cuarto de baño, abrió las luces y escrutó con la mirada. Tampoco halló nada fuera de lugar. Desconcertada, negó con la cabeza y abandonó el baño. En ese preciso instante, los golpes volvieron a resonar en la pared, dando la sensación que provenían del comedor.

Laura salió corriendo hacia el salón, cuando llegó allí, los ruidos habían cesado y no pudo descubrir qué era lo que los había provocado. Incapaz de entender lo que estaba pasando, se acercó a la pared y se puso a recorrerla palpando con la mano para ver si notaba algo raro.

Al acercarse al espejo, un par de nuevos golpes hicieron que ella diera un respingo. El espejo tembló levemente y Laura miró en él.

—No… no es posible… —murmuró atemorizada.

Detrás de su propio reflejo estaba viendo la figura de su marido,

 sin embargo, al darse la vuelta, no vio ni rastro de su presencia en el salón.

—Cálmate, es solo tu mente, cálmate. —Se dijo intentando recuperar el control de sí misma.

Laura cerró los ojos, respiró hondo y salió de la estancia tomando las escaleras de acceso a la segunda planta.

 En cuanto empezó a subir, los golpes resonaron de nuevo y, esta vez, de forma más virulenta. Al llegar al dormitorio, fue hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta y la luz encendida. Temerosa, entró en él. Todo estaba tal y como lo había dejado hacía casi media hora. Al lado de la puerta, en el rincón derecho, estaban amontonadas su ropa y sus zapatillas, más adelante, tirados por el suelo, un par de botes de champú y varios frascos de cristal; finalmente, en la bañera, se hallaba su marido, desnudo y con un cuchillo de grandes dimensiones clavado en el pecho.

Laura le miró con desprecio, pensando que aquello no habría sido necesario si le hubiera concedido el divorcio y una parte de su inmensa fortuna. Más tarde tendría que ir a por una sierra eléctrica y bolsas de viaje.

El fuerte ruido de más golpes la sacaron de sus pensamientos. Ahora provenían de la pared que quedaba a su izquierda, retrocedió hasta la puerta, echó un vistazo al dormitorio pero no logró ver nada, entonces, oyó un tremendo golpe y, a continuación, escuchó como si algo se rompiera a su espalda. Se dio la vuelta y observó el espejo del lavabo completamente resquebrajado. 

Venciendo a su propio miedo, se aproximó muy lentamente hasta quedar frente a él. Durante unos segundos, Laura contempló el agrietado reflejo de su rostro sin ver nada extraño. Más tranquila, movió la cabeza para mirar a su marido muerto en la bañera y se volvió de nuevo hacia el espejo, al hacerlo, el reflejo le mostró a su marido justo detrás de ella, blandiendo en alto el mismo cuchillo con el que le había apuñalado.

Presa del pánico, se echó bruscamente hacia un lado y resbaló. El impacto de su cabeza contra el perfil de la bañera resonó en toda la casa, luego, se hizo el más absoluto de los silencios.





sábado, 21 de septiembre de 2024

Pensamientos XX

 -El mundo ocupa el vacío que deja la inacción.

-No hay mayor victoria que renacer sin haber fallecido.

-Vano es buscar libertades no alcanzadas en el interior.

-Sobre los vestigios de la tristeza se levantan puentes de vida.

-Virtuoso es el olvido que apresa la eternidad del recuerdo.

-El sendero se desvanece al vivir en un eterno final.

-El alma camina hacia la perfección elegida.

-El vértigo de la locura amarra a la orilla del horizonte.

-En ocasiones solo una mirada perdida puede hallar la respuesta.

-Plenitud es el sosiego de una luz acunada en la oscuridad.

martes, 3 de septiembre de 2024

La presencia



Había sido un día horrible, se había encontrado fatal durante toda la jornada, le estaba subiendo la fiebre y solo tenía ganas de acostarse. Para colmo, su marido se había ido de viaje por trabajo y estaba sola en casa.

Sin apenas cenar, tomó de golpe dos fuertes analgésicos, se metió en la cama y cerró los ojos esperando a que los medicamentos hicieran efecto y mitigaran el malestar. 

De pronto, despertó y creyó escuchar unos pasos que provenían del pasillo, pero aquello no era posible, no podía haber nadie. Se incorporó y agudizó el oído para asegurarse de que no se estaba confundiendo, sin embargo, oyó aún con mayor claridad como alguien se estaba aproximando a la habitación, se levantó y se quedó frente a la puerta del dormitorio, justo en ese momento la manija empezó a moverse.

—¡¡No!!... ¡¡Fuera de aquí!! ¡¡Fuera!! —gritó mientras cogía el tirador con ambas manos y bloqueaba la puerta con su propio cuerpo.

La manija dejó de moverse. Se mantuvo agarrada al tirador aún un par de minutos asegurándose que todo estaba en absoluto silencio. «Es por la fiebre. Ha sido una alucinación.» pensó tras recuperar la serenidad.

Respiró hondo y abrió la puerta del dormitorio con extrema cautela, la claridad de las luces de la calle que entraba por la ventana del despacho le permitió comprobar que allí no había nadie, en ese instante pensó en el móvil que había dejado encima del escritorio y avanzó sigilosamente. 

Al llegar a la altura del cuarto de baño, advirtió de reojo una presencia en su interior. Se quedó helada, giró la cabeza y observó una figura humana de pie frente a ella. La presencia alargó la mano en su dirección y su primer instinto fue echar a correr, pero una extraña sensación se lo impidió: aquella figura en la penumbra le resultaba muy familiar.

Atónita, musitó titubeante:

—¿Mm… mamá?

La presencia asintió con la cabeza.

—Pero estás muerta… Dios mío... tiene que ser un sueño.

Con la mano aún extendida hacia ella, la presencia manifestó con voz profunda y suave:

—Lo siento hija, he venido a acompañarte.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Ojos pequeños



El aire exterior no puede entrar en la habitación, detrás de la sellada ventana dos pequeños ojos observan el cielo despejado; allá en las alejadas montañas del horizonte puede vislumbrarse un cierto brillo blanquecino causado por las primeras nieves, el sol es radiante y un suave viento acaricia las ramas de los árboles dándoles un movimiento rítmico, casi armónico. Delante de esos pequeños ojos, unos oscuros pájaros revolotean sin cesar frente a la ventana, mientras otros descansan posados sobre un tendido eléctrico, de vez en cuando, algunos de ellos se dejan caer en picado hacia el suelo.

Los pequeños ojos se dirigen hacia la puerta de la estancia en la que se encuentra, su mirada es triste y compungida. Esa insalvable puerta de acero les mantiene inexorablemente encerrados, aislados completamente del mundo. Ya no recuerdan cuánto tiempo hace que les metieron allí y desde entonces la puerta no ha vuelto a abrirse.

Ahora los pequeños ojos giran hacia la pared del fondo de la habitación, como si de alguna forma intentaran traspasarla, como si con la mirada pudieran ver y escuchar a través de ella, pero sólo se oye el vacío, todo está en silencio... hace ya días que no se oye gritar a nadie. Abatido, su vista cae hacia el suelo y como tantas otras veces, entre lagrimas secas, los ojos se hacen conscientes de su angustiosa soledad.

Al rato, los pequeños ojos vuelven a levantarse y se desplazan hacia el rincón derecho del cuarto, revisan el agua y la comida... dos días más y no quedará nada. Al lado de los víveres está situada la cama, no es más que un colchón viejo en el suelo y unas cuantas mantas. En el otro rincón de la habitación, en la parte más alejada, es donde están los restos de basura y sus propios residuos corporales.

Instintivamente los pequeños ojos se dirigen a la ventana, una ventana de ilusión dentro su desconsolada existencia, pues hay algo que desean ver y por esa razón vuelven una y otra vez a la ventana. Les encantaría poder observar a dónde van los oscuros pájaros cuando bajan al suelo y qué es lo que hacen allí. Los pequeños ojos se esfuerzan, pero la altura no les permite llegar al cristal para ver aquello que quisieran. Les gusta mucho mirar a esos pájaros, les gusta contemplar su vuelo, pero sobre todo les gusta poder sentir a otro ser vivo, y eso es lo único que tiene aparte de la ausencia, lo único que llena su vida.

El fulgor de una idea brilla en la retina de esos pequeños ojos y ya no existe otro objetivo para ellos que ese pensamiento; sin perder un momento, arrastran el colchón bajo la ventana y empiezan a acumular sobre él todo lo que encuentran en la habitación que les pueda ser de utilidad para elevar su posición.

Cuando los pequeños ojos han logrado realizar un pequeño montículo sobre el colchón, suben a él con avidez, deseosos de mirar, de percibir y sentir algo distinto. Ahora se encuentran en la cima, se ponen de puntillas y los pequeños ojos se estiran al máximo frente al cristal.

Al fin consiguen ver hacia dónde se dirigen los oscuros pájaros, y allí están, en el suelo, comiendo, picoteando sin parar y moviéndose nerviosamente a pequeños saltos entre decenas de cuerpos humanos sin vida.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Realidad entre las sombras



Tras las sombras proyectadas por anciano árbol deshojado, un cuerpo se halla a salvo mientras su mente dormita. Se encuentra lejos del alcance de un hiriente resplandor que, con sutilidad mordaz, le pretende esclavizar.

Entre las ramas de ese árbol agrietado por la vejez, se entrevén los restos de un hondo destello que intenta hasta él llegar, que trata acaso de engullirlo y retornarlo a la profundidad de sus entrañas. El susurro de un sabio instinto le ruega reposo, a fin de proseguir con su ardua travesía.

Ahora, en este remanso de paz entre sombras, cuerpo y mente saborean la oscuridad, paladeando el silencio y el vacío, entonces, en el preciso instante en el que la misma nada gesta un renacer, le es posible sentir su esencia.

 En este lugar a cobijo del fulgor, al amparo del firme tronco por el tiempo maltratado, reposa quien salió una noche de la cueva, quien erró tarde y día, quien buscó sendero de regreso a la caverna, y quien volvió para encontrar entre las sombras realidad.


¿A dónde vamos?

Hace demasiado tiempo que nos hallamos ante una situación de decadencia sistémica en la que las injusticias campan a sus anchas. Los gobiern...