Sumido en el caos de los destinos, desveló sus propios infiernos y acabó por renunciar a los cielos que jamás podría alcanzar. Había hurgado sin cesar en los recovecos de los tiempos y escudriñado los límites del alma, hasta que, abatido por los invariables ciclos de realidad, perdió la fe en la batalla. Tras largos y arduos años de cruenta contienda, logró al fin su victoria de la única forma que le resultó posible: el abandono de la lucha. Enterró el hacha, armó su escudo y, con pesado caminar, regresó al sosiego de su íntima cueva. La profunda oscuridad le proporcionó la calidez que no había hallado bajo el sol, abrió los ojos que había elegido sellar y, poco a poco, entre la penumbra, las sombras dibujaron una nueva existencia.
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